Hipertensión Arterial Pulmonar en México

"La otra" presión alta


Valentina

Escribo este testimonio cinco meses y dos semanas después de mi diagnóstico. Parece poco, pero ha sido el periodo más largo de mi vida.

Unos días antes del diagnóstico, le dije a alguien que la etapa que estaba viviendo era la más feliz de mi vida. Me sentía muy contenta, más guapa que nunca, acababa de cumplir treinta años y había vuelto con mi novio. Estaba feliz.

En un segundo, mi vida dio un giro de 180 grados y empecé a verla como una película de terror, en la que la protagonista no podía y no debía ser yo. Nada más ajeno a eso que yo consideraba mi vida. Creo que esto le pasa a toda la gente que sufre un golpe emocional muy fuerte. No tiene nada de especial. Lo único especial es que ésta es mi historia.

Todo mi peregrinaje médico comenzó porque un día después de media hora de clase de spinning en el gimnasio al que iba todos los días --sin falta--, me sentí fatal. Estuve 20 minutos intentando recuperarme, pero seguía sin poder respirar y sintiendo que en cualquier momento me iba a desmayar. Estuve tentada a parar un taxi y pedirle que me llevara al hospital más cercano. Nunca antes había sentido que podía morirme.

Esta escena en el gimnasio me llevó a pedir una cita dos días después con el cardiólogo y de ahí todos los análisis de rigor, que llevaron a que un grupo de doctores me dijera que tengo hipertensión pulmonar primaria o idiopática.

Jamás había escuchado de esa enfermedad. Su sonido no significaba nada para mí y mucho menos esperaba que fuera lo que es.

No me di cuenta inmediatamente. El primer momento de alarma me lo llevé dos semanas después de mi diagnóstico, cuando una enfermera (que es un verdadero ángel) me dio un folleto explicativo, que decía, entre otras cosas y según recuerdo, que lo que yo tenía era de “mal pronóstico” y que el tratamiento disponible “ayudaba a mejorar la calidad de vida de las personas”.

Durante larguísimas horas no pude dejar de interpretar qué demonios quería decir mal pronóstico. Para mí un mal pronóstico era tener una enfermedad crónica que no me permitiría correr el maratón, como yo había planeado; para mí un mal pronóstico también era tener una enfermedad que no me permitiría tener hijos nunca; mal pronóstico era tener una enfermedad que me obligara a ir al médico mucho más seguido de lo que a mí me gustaría; sin embargo, lo que mal pronóstico quería decir en ese folleto, era aún peor. Por otro lado, eso de mejorar la calidad de vida me sonó a que el medicamento lo que ofrecía es que yo no la pasara tan mal mientras esperaba el día de mi muerte.

Hoy no me queda claro qué va a pasar conmigo, ni qué tan enferma estoy, ni cuál es mi expectativa de vida. No me queda claro si el terrible monstruo que se me apareció hace cinco meses es como lo imaginé después de leer ese folleto o tiene otras características –mejores o peores--, lo único que sé es que cuando ese monstruo apareció, hubo gente que me ayudó a enfrentarlo. Hubo gente que cuando tuve muchísimo miedo me ayudó a no tener tanto miedo. Hubo gente que cuando “mi gente” tuvo miedo, le ayudó a no tener tanto miedo y a explicarles exactamente qué era lo que padecía Valentina: su hija, hermana, tía, prima, sobrina, amiga o novia.

Después del golpe inicial, también ha habido gente que me ha ayudado a lidiar con el día a día de esta enfermedad. No sé cuántas veces les he hablado llorando sin parar. Muchas. Ya perdí la cuenta. Siempre han estado ahí y siempre me ha ayudado hablar con ellas. Con el paso del tiempo también he tenido el gusto de ayudar yo también y de compartir no sólo la chilladera, sino otras muchas cosas positivas y divertidas que “soy yo”.

Hasta hoy, vivir con HP ha sido un reto emocional más que un problema físico. Tengo suerte porque casi no tengo síntomas de la enfermedad y me siento muy bien. Puedo trabajar tiempo completo, caminar cuanto quiera, salir con mi novio y con mis amigos, viajar en coche y en avión, y lo agradezco enormemente. Sin embargo, el efecto que esta enfermedad ha tenido en mi mente ha, sin duda, trastocado mi vida y mis relaciones. Durante una temporada bastante larga no podía parar de llorar, no podía parar mis pensamientos negativos, ni mi enojo y frustración.

Creo que lo peor ya pasó. En este tiempo he recibido enormes lecciones de vida, que para explicarlas necesitaría páginas y páginas. Sí, estoy enferma, pero la enfermedad, en este momento, no controla mi vida.